| |
El Difícil Arte de Enseñar
Hace veinte años comenzamos a recorrer, por la vía institucional, el largo camino de la recuperación democrática, del mejor nivel académico y de una mayor producción científica. Lo hicimos de la mano de un conjunto de principios decisivos, que nos permitieron garantizar la verdadera convivencia y una forma creativa de vida universitaria.
¿Por qué? La respuesta es más que obvia. La Democracia como forma política, como orden posible de la sociedad, no puede estar sino en el centro mismo de nuestras preocupaciones, como lo estuvo en los años anteriores en momentos difíciles para la universidad y la sociedad.
La Universidad que construimos en cada una de nuestras acciones, es el ámbito en el cual aquellos que tienen verdades pueden decirlas y aquellos que no, deben buscarlas en un marco de absoluta libertad. Una universidad que, liberada de prejuicios, no solo recuperó su autonomía sino su voz, desterrando para siempre el silencio cómplice y cobarde, aún a riesgo de confundirnos. No importa si algún tiempo se nos escapa irremediablemente en el esfuerzo de oír, decir y entender, pues nada es peor que el silencio.
Queremos una universidad de todos y para todos. Se hace imprescindible vigilar de cerca que estos principios de democracia y autonomía se profundicen desde la gestión administrativa hasta la cátedra. Sí, bien de cerca, para que no sean destronados por el apetito burocrático de algunos o las falacias retóricas de otros, cualesquiera fuesen su intención y justificación.
De todos modos, no queremos pecar de ingenuos. La Universidad Reformista por la que trabajamos día a día no se agota en la autonomía. Es más, muchos de estos preceptos fueron deformados de manera engañosa. No podemos olvidarnos cuando en pos de la defensa de la autonomía, la universidad fue transformada en un gueto ideológico aislada de la sociedad de la cual deriva su existencia.
La Universidad Democrática es además, autogobierno acorde con nuestras instituciones republicanas en el marco del cogobierno de los claustros, aunque algunos se empeñen en olvidarlo. La Universidad Democrática es a su vez y sobre todo, la concepción del hecho educativo como un acto de amor de un ciudadano que sabe y comprende a otro que tiene hambre de aprender, ya no sólo los conocimientos técnicos de nuestras disciplinas sino además, los principios éticos que forja nuestra distinción como universitarios. Esto es así, porque sería inaceptable que el más alto nivel de excelencia intelectual no corresponda al más alto nivel de conciencia ética.
Se puede enseñar en el marco del temor, pero no se puede enseñar en el temor a buscar la verdad. Se puede transmitir el conocimiento despojado de toda connotación moral, pero no se puede acercar el conocimiento si no viene acompañado de su razón de ser. Se puede, en fin, imponer una idea desde la autoridad de una cátedra, pero no se puede ganar el respeto de alumnos y docentes por el ejercicio del poder.
|